Isla Hashima
La isla abandonada
Imagina una isla tan pequeña que parece imposible construir una ciudad sobre ella. Ahora imagina que, en lugar de unas pocas casas, aparecen edificios de hormigón, una escuela, un hospital, tiendas, restaurantes e incluso un cine.
Durante décadas, miles de personas vivieron allí. Hoy no queda nadie. La isla se llama Hashima, aunque muchos la conocen como Gunkanjima, «la isla acorazado», por la silueta de sus enormes edificios.
Carbón bajo el mar
Hashima es una pequeña isla rocosa situada frente a la costa de Nagasaki, en Japón. A primera vista no parece un lugar especialmente útil para vivir. Es diminuta, está rodeada por el mar y apenas tiene espacio para construir.
Pero bajo el fondo marino había algo muy valioso: carbón. A finales del siglo XIX comenzó a explotarse una mina submarina en la zona. Los mineros tenían que descender por profundos pozos para llegar hasta las capas de carbón situadas bajo el océano.
Y cuanto más crecía la mina, más trabajadores necesitaba.
Una ciudad sobre una roca
El problema era evidente. ¿Dónde iban a vivir todos aquellos trabajadores?
La solución fue construir sobre la propia isla. Se levantaron muros para protegerla de las olas y se ganó terreno al mar.
Poco a poco, Hashima dejó de parecer una pequeña roca y comenzó a convertirse en una auténtica ciudad industrial. Aparecieron enormes bloques de viviendas de hormigón. Después llegaron una escuela, un hospital, tiendas, restaurantes, instalaciones deportivas y otros servicios. Incluso había un cine.
Todo estaba concentrado en un espacio diminuto.
Miles de personas
En su momento de mayor actividad, miles de personas llegaron a vivir en Hashima. La densidad de población era extraordinaria. Las viviendas estaban construidas unas junto a otras y apenas quedaban espacios libres. Los edificios formaban una especie de enorme muralla alrededor de la isla.
Desde el mar, Hashima parecía una fortaleza. Por eso nació su famoso apodo: Gunkanjima, la isla acorazado.
Una ciudad sin espacio
Vivir allí debía ser completamente diferente de vivir en cualquier otra ciudad.
Las casas, la escuela, el trabajo y prácticamente todo lo necesario para la vida cotidiana estaban a pocos minutos andando.
Pero también había algo imposible de olvidar: el océano estaba por todas partes. La isla era tan pequeña que los habitantes podían contemplar el mar desde prácticamente cualquier lugar. Y debajo de sus pies continuaba funcionando una enorme mina submarina.
Cuando el carbón dejó de ser necesario
Durante décadas, Hashima prosperó gracias al carbón. Pero Japón comenzó a cambiar sus fuentes de energía. El petróleo fue sustituyendo progresivamente al carbón como principal fuente de energía y las minas de carbón fueron perdiendo importancia.
Finalmente, en 1974, la mina de Hashima cerró. Y ocurrió algo extraordinario. Una ciudad entera quedó vacía. Los habitantes tuvieron que marcharse. Los edificios permanecieron. Pero las personas desaparecieron.
Una ciudad fantasma
Después del cierre, Hashima quedó completamente abandonada. Los apartamentos, las escuelas, las tiendas y las instalaciones de la mina permanecieron en la isla, expuestos al viento, la lluvia y la sal del océano.
Sin personas que repararan los edificios, el deterioro comenzó rápidamente. El hormigón se agrietó. Las ventanas desaparecieron. Las plantas comenzaron a crecer entre las ruinas. Los antiguos hogares se transformaron poco a poco en edificios vacíos.
La naturaleza recupera la isla
Hoy Hashima parece una ciudad congelada en el tiempo.
Los grandes bloques de viviendas siguen en pie, pero muchos están deteriorados. En algunos lugares, la vegetación crece entre las estructuras abandonadas. Los pasillos que antes estaban llenos de trabajadores y familias permanecen en silencio.
Es difícil imaginar que allí vivieran miles de personas. Y quizá esa sea la parte más sorprendente de Hashima. No estamos viendo una ciudad que nunca llegó a construirse. Estamos viendo una ciudad que existió, estuvo llena de vida y después desapareció.
La miniaventura de visitar la isla que se quedó sin habitantes
Hashima pertenece a la categoría de mini aventura porque cuenta una de esas historias que parecen imposibles. En una roca diminuta en medio del mar, los seres humanos construyeron una ciudad para miles de personas. Durante décadas hubo familias, niños, trabajadores, escuelas, tiendas y lugares de ocio.
Después, la mina cerró. Todos se marcharon. Y la ciudad quedó atrás.
Hoy el mar sigue rodeando Hashima, pero donde antes se escuchaban máquinas, conversaciones y niños jugando, solo quedan edificios vacíos y el sonido de las olas.