El aislamiento japonés
Tokugawa y el país que cerró sus puertas
Durante más de 200 años, Japón mantuvo un control extraordinariamente estricto sobre sus relaciones con el exterior. No era un país completamente desconectado del mundo, pero sí uno donde viajar al extranjero, entrar en Japón o comerciar con otros países estaba sometido a reglas muy duras.
¿Por qué tomó Japón esta decisión? Para entenderlo hay que viajar hasta comienzos del siglo XVII, cuando una nueva familia de gobernantes tomó el control del país: los Tokugawa.
Un país que había vivido guerras
Durante siglos, Japón había sufrido guerras entre señores feudales que luchaban por controlar diferentes territorios. A finales del siglo XVI, tres grandes figuras comenzaron a poner fin a aquel periodo de conflictos: Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y, finalmente, Tokugawa Ieyasu.
En 1600, Ieyasu obtuvo una victoria decisiva y en 1603 se convirtió en shōgun. Comenzaba el shogunato Tokugawa, que gobernaría Japón durante más de 250 años. El nuevo gobierno quería algo muy importante: estabilidad. Y para conseguirla decidió controlar cuidadosamente todo aquello que pudiera amenazar el orden establecido.
El miedo a las potencias extranjeras
Durante el siglo XVI habían llegado a Japón comerciantes y misioneros europeos, especialmente portugueses y españoles.
Los japoneses conocieron nuevas tecnologías, armas y productos, pero también observaron algo que preocupaba a sus gobernantes. Las potencias europeas estaban expandiendo sus territorios por Asia y otras partes del mundo. Además, algunos misioneros cristianos estaban consiguiendo muchos seguidores en Japón.
Los gobernantes Tokugawa temían que el cristianismo y la influencia extranjera pudieran convertirse en una amenaza política. Poco a poco endurecieron las restricciones.
Japón cierra sus puertas
Durante el siglo XVII se prohibieron determinadas formas de contacto con el exterior y se limitaron enormemente los viajes de japoneses fuera del país. También se restringió la entrada de extranjeros.
En la práctica, Japón quedó aislado de gran parte del mundo durante más de dos siglos. A este periodo se le suele llamar sakoku, aunque la realidad fue algo más compleja que decir simplemente que Japón estaba completamente cerrado.
El comercio con algunos países continuó, especialmente a través del puerto de Nagasaki. Los holandeses, por ejemplo, mantuvieron un acceso muy limitado y controlado.
Japón no dejó de aprender del exterior. Simplemente decidió controlar quién podía entrar, qué podía entrar y cómo podía entrar.
Un mundo que evolucionó de otra manera
Mientras Europa experimentaba grandes cambios científicos, políticos e industriales, Japón desarrollaba su propia sociedad bajo el sistema Tokugawa.
Las ciudades crecieron. El comercio se expandió. La cultura floreció. Aparecieron grandes avances en literatura, arte y educación. El teatro kabuki, los grabados ukiyo-e y muchas otras expresiones culturales se desarrollaron durante este periodo. También se extendió la educación y aumentó la población urbana.
Japón no estaba detenido. Estaba evolucionando siguiendo su propio camino.
Pero el mundo exterior seguía avanzando
Mientras Japón mantenía sus restricciones, las potencias occidentales desarrollaban barcos de vapor, nuevas armas y enormes redes comerciales.
En el siglo XIX, la presión exterior aumentó. En 1853, una escuadra estadounidense dirigida por el comodoro Matthew Perry llegó a Japón. Sus barcos de vapor eran muy diferentes de las embarcaciones tradicionales que los japoneses conocían. Perry exigió que Japón abriera sus puertos al comercio.
El gobierno japonés tuvo que enfrentarse entonces a una situación completamente nueva.
Japón vuelve a abrirse
En las décadas siguientes, el sistema Tokugawa comenzó a debilitarse. En 1868 tuvo lugar la Restauración Meiji, que puso fin al shogunato y devolvió el poder político al emperador.
Japón comenzó entonces una transformación extraordinariamente rápida. El país adoptó nuevas tecnologías, creó fábricas, construyó ferrocarriles y modernizó su ejército y su educación. En pocas décadas pasó de ser una sociedad feudal a convertirse en una potencia industrial.
Un país que sorprendió al mundo
Cuando Japón volvió a participar plenamente en los asuntos internacionales, Occidente descubrió que no se trataba de un país atrasado que hubiera permanecido inmóvil.
Tenía una cultura propia muy desarrollada, una economía activa y una sociedad capaz de adaptarse rápidamente a las nuevas tecnologías. Japón comenzó incluso a competir con las grandes potencias occidentales.
El país que había pasado más de dos siglos controlando sus puertas acabó convirtiéndose en una de las principales potencias del mundo.
¿Cómo cambió los mapas?
Durante más de doscientos años, Japón fue una excepción. Mientras el resto del planeta estaba cada vez más conectado por rutas comerciales y exploraciones, este archipiélago decidió recorrer un camino diferente. Pero cuando el aislamiento terminó, Japón demostró que podía mirar hacia el exterior, aprender rápidamente y transformar su sociedad.
No fue simplemente un país que cerró sus puertas. Fue un país que decidió controlar su contacto con el mundo y que, cuando finalmente volvió a abrirlas, descubrió que el mundo también había cambiado.
La decisión de aislarse, y más tarde la de volver a abrirse al mundo, cambió el papel de Japón en la geografía mundial. Desde entonces, el país pasó de ser un reino casi desconocido para muchos europeos a convertirse en una de las naciones más influyentes de Asia.