Primeras autopistas

Hoy podemos viajar de una ciudad a otra por carreteras y autopistas que recorren miles de kilómetros. Pero hace más de 2.000 años ya existía una red que unía gran parte de Europa, el norte de África y Oriente Próximo. La construyeron los romanos. Y aunque no circulaban coches, aquellas calzadas cambiaron el mundo para siempre.

Un imperio necesitaba caminos

El Imperio romano llegó a ocupar un territorio enorme. Sus ciudades estaban separadas por montañas, bosques, desiertos y grandes ríos.

Para gobernar un territorio tan extenso hacía falta que los soldados, los comerciantes y los mensajeros pudieran desplazarse rápidamente. Por eso los ingenieros romanos comenzaron a construir miles de kilómetros de caminos de piedra. No eran simples senderos. Estaban cuidadosamente diseñados para durar siglos.

Carreteras hechas para resistir

Las calzadas romanas se construían excavando primero el terreno. Después se colocaban varias capas de piedras y grava, y finalmente grandes losas de piedra perfectamente ajustadas. Muchas estaban ligeramente elevadas para que el agua de lluvia pudiera escurrirse por los lados y no las estropeara.

Gracias a esta técnica, algunas siguen existiendo más de dos mil años después. Todavía hoy es posible caminar por ellas.

Viajar por todo un imperio

Las calzadas unían ciudades, puertos, fortalezas y mercados. Por ellas marchaban las legiones romanas, pero también viajaban comerciantes con vino, aceite, cerámica o trigo. Los mensajeros llevaban noticias y órdenes del emperador, mientras miles de viajeros recorrían el imperio por negocios o por placer.

Cada cierto tiempo había puentes, áreas de descanso y lugares donde cambiar los caballos para continuar el viaje. Para la época, era una red de transporte extraordinaria.

Miles de kilómetros conectando continentes

Los romanos construyeron más de 400.000 kilómetros de carreteras, de los cuales alrededor de 80.000 kilómetros estaban pavimentados con piedra.

Algunas de las más famosas, como la Vía Apia, conectaban Roma con importantes puertos del sur de Italia. Otras atravesaban Hispania, la Galia, Britania o los Balcanes, uniendo lugares separados por cientos o incluso miles de kilómetros.

Nunca antes un imperio había estado tan bien comunicado.

¿Cómo cambió los mapas?

Las calzadas romanas no solo facilitaron los viajes. También ayudaron a que personas, mercancías, idiomas e ideas circularan por todo el imperio.

Muchas ciudades crecieron junto a estos caminos y, siglos después, numerosas carreteras y vías férreas modernas siguieron exactamente el mismo recorrido.

Si hoy observas un mapa de Europa, descubrirás que algunas de sus principales rutas comenzaron siendo calzadas romanas hace más de dos mil años.

Por eso se las puede considerar las primeras autopistas del mundo. No estaban pensadas para coches, sino para personas, caballos y carros, pero consiguieron algo extraordinario: conectar un continente entero y cambiar para siempre la forma de viajar.

Localización de Primeras autopistas

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