Los Polinesios
Los últimos grandes exploradores del Pacífico
¿Cómo puedes encontrar unas islas que están a miles de kilómetros de distancia si no tienes mapas, brújula ni GPS?
Hace muchos siglos, los navegantes polinesios se hicieron precisamente esa pregunta. Y encontraron una respuesta extraordinaria: aprendieron a leer el océano y el cielo. Viajando en grandes canoas, recorrieron enormes distancias por el Pacífico hasta llegar a algunas de las islas más aisladas del planeta. Entre ellas estaba Nueva Zelanda, situada a miles de kilómetros de otras islas polinesias.
Aquellos viajes cambiaron para siempre el mapa del Pacífico.
Un océano gigantesco
El océano Pacífico es enorme. Entre unas islas y otras puede haber cientos o incluso miles de kilómetros de agua abierta.
Para nosotros, encontrar una isla en mitad de semejante océano parece relativamente sencillo gracias a los satélites, los mapas digitales y los sistemas de navegación.
Pero los polinesios no tenían nada de eso. No podían ver su destino desde el barco. Durante días podían navegar sin tener tierra a la vista. Entonces, ¿cómo sabían hacia dónde ir?
Las estrellas eran su mapa
Los grandes navegantes polinesios conocían el cielo extraordinariamente bien. Observaban la posición de las estrellas y sabían que algunas aparecían y desaparecían por el horizonte siguiendo patrones determinados. Utilizaban esos conocimientos para mantener el rumbo durante sus viajes. También observaban el Sol, la Luna y otros fenómenos celestes.
El cielo nocturno era, en cierto modo, su mapa.
El océano también hablaba
Pero las estrellas no eran su única herramienta. Los navegantes observaban las olas y las corrientes. Las grandes islas podían modificar el movimiento del agua a cientos de kilómetros de distancia, creando patrones que un marinero experimentado podía reconocer.
También prestaban atención a la dirección del viento y a las nubes. Incluso las aves podían convertirse en pistas. Algunas especies marinas se alejan de sus lugares de descanso durante el día para buscar alimento y regresan después a tierra. Observar hacia dónde volaban podía indicar que existía una isla cerca.
Canoas capaces de cruzar océanos
Para realizar estos viajes necesitaban embarcaciones extraordinarias.
Las canoas de doble casco estaban formadas por dos cascos unidos mediante una estructura de madera. Eran grandes, estables y podían transportar personas, alimentos, agua y plantas para establecerse en nuevas islas. No eran simples barcas de pesca. Eran auténticos barcos de exploración capaces de enfrentarse al océano abierto.
El viaje hasta Nueva Zelanda
Los antepasados de los maoríes llegaron a Nueva Zelanda aproximadamente entre los siglos XIII y XIV, procedentes de otras islas de la Polinesia oriental.
El viaje hasta allí era enorme. Nueva Zelanda se encontraba muy lejos de las principales islas polinesias, en una zona del Pacífico donde era especialmente difícil encontrar tierra. Pero aquellos navegantes lo consiguieron. Llegaron a unas islas que, para ellos, eran un territorio completamente nuevo.
Con el tiempo desarrollaron allí su propia cultura, lengua y sociedad: la cultura maorí.
Cambiaron el mapa sin dibujar un solo mapa
Mucho antes de que los exploradores europeos recorrieran el Pacífico, los navegantes polinesios ya habían establecido rutas entre numerosas islas.
No necesitaban dibujar el océano como lo hacemos nosotros. Su conocimiento estaba en la memoria: las estrellas, los vientos, las corrientes, las olas, las aves y las características del mar formaban un enorme sistema de navegación transmitido de generación en generación.
Gracias a ese conocimiento fueron capaces de convertir uno de los océanos más grandes del planeta en una red de rutas.
Cambió los mapas
Los navegantes polinesios pertenecen a la categoría Cambió los mapas porque ampliaron enormemente el mundo conocido por sus pueblos mucho antes de la llegada de los europeos.
Sin brújulas ni mapas modernos, encontraron islas separadas por enormes distancias y llegaron hasta Nueva Zelanda, uno de los territorios más aislados de la Tierra.
Su historia demuestra que explorar no siempre significa llevar instrumentos sofisticados. A veces basta con aprender a mirar. Las estrellas, las olas, las aves y el viento fueron sus mapas. Y con ellos, los polinesios cruzaron uno de los océanos más grandes del planeta.