Jesús de Nazaret
El nacimiento del cristianismo: la historia que cambió los mapas
Imagina un mapa del Mediterráneo hace unos 2.000 años. Roma domina enormes territorios, mientras Judea, en la costa oriental, parece una pequeña pieza dentro de un gigantesco imperio. Y, sin embargo, allí comenzó una historia que acabaría cruzando mares, montañas y fronteras.
Jesús de Nazaret predicó el amor, el servicio y la humildad, y su historia cambió los mapas. Para los cristianos es el Hijo de Dios, hombre perfecto y Dios verdadero; para los historiadores, un judío de Galilea que dio origen a un movimiento que recorrió el Imperio.
Jesús de Nazaret: lo que cuentan las fuentes
Los evangelios sitúan el nacimiento de Jesús a finales del siglo I a. C. o comienzos del siglo I d. C. (su fecha exacta se desconoce). Se crió en Nazaret, una aldea pequeña de Galilea. Era artesano. Hacia los treinta años se bautizó en el río Jordán con Juan el Bautista y empezó a recorrer Galilea. Su actividad pública se cree que duró tres años. Su centro fue la orilla del mar de Galilea, sobre todo Cafarnaúm; pero viajaba con frecuencia por Galilea, Judea y Samaria.[3]
Enseñaba en sinagogas, en aldeas y al aire libre, con parábolas, historias sencillas con un significado profundo. Hablaba del Reino de Dios, del amor a Dios y al prójimo, incluso a los enemigos, del perdón y del cuidado de los pobres, los enfermos y los marginados. Según el evangelio de Juan, en la última cena lavó los pies de sus discípulos, una tarea propia de siervos, para mostrar que liderar es servir.[3]
Eligió a doce discípulos, un número que recordaba a las doce tribus de Israel. Eran gente común: pescadores como Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y un recaudador de impuestos, Mateo. Varias mujeres, como María Magdalena, los acompañaban y apoyaban.[3] Camino de Jerusalén pasó por Jericó, donde los evangelios sitúan, por ejemplo, el encuentro con Zaqueo. Puedes leer más sobre ese lugar en nuestro artículo sobre Jericó.
Las obras extraordinarias
Los cuatro evangelios cuentan que Jesús hizo cosas extraordinarias: devolvió la vista a ciegos, sanó a enfermos, expulsó a lo que sus contemporáneos llamaban espíritus malignos, calmó una tormenta en el lago, multiplicó panes y peces para una multitud y, según Juan, devolvió la vida a su amigo Lázaro.[3] Para los cristianos son «signos»: señales de que el Reino de Dios estaba actuando entre la gente.
¿Qué dicen los historiadores? Examinan los textos con su propio método: qué fuentes lo cuentan, de cuándo son y qué fama tenía Jesús. En esto la mayoría coincide: en vida tenía fama de sanador y exorcista. No lo dicen solo los evangelios. El historiador judío Flavio Josefo, hacia el año 93, habla de Jesús como alguien que realizaba obras sorprendentes.[2] Y los propios evangelios recogen que algunos adversarios no negaban esos hechos, sino que los atribuían a un poder malvado.[3]
Lo que el método histórico no puede hacer es demostrar o descartar que ocurrieran de forma sobrenatural. Eso pertenece a la fe y a la reflexión personal. El islam también reconoce que Jesús, al que llama Isa, hizo milagros con permiso de Dios, aunque lo considera un profeta y no el hijo de Dios.[9]
¿Por qué murió Jesús?
Jesús fue crucificado en Jerusalén durante el gobierno de Poncio Pilato, prefecto romano de Judea, probablemente hacia el año 33. Es uno de los hechos mejor atestiguados de su vida: lo cuentan los evangelios, lo recoge Josefo y el historiador romano Tácito escribe que Cristo fue ejecutado por orden de Pilato bajo el emperador Tiberio.[1][2]
Como no se conserva un acta del juicio, los historiadores explican las causas combinando varias pistas:
- El castigo. La crucifixión era un suplicio romano, reservado a esclavos y a quienes se consideraba rebeldes o peligrosos para el orden. No era el castigo habitual de la ley judía.[12]
- La acusación. Según los evangelios, el letrero sobre la cruz decía «Rey de los judíos». Para Roma, quien se proclamaba rey sin permiso del emperador podía ser acusado de sedición. Es un detalle que muchos historiadores consideran muy probablemente real.[3][10]
- El momento. Jesús llegó a Jerusalén en Pascua, cuando la ciudad se llenaba de peregrinos y los soldados romanos estaban en alerta. Los evangelios cuentan que en el Templo volcó las mesas de los cambistas y que algunos lo aclamaban como rey o Mesías.[3]
- Los dirigentes del Templo. Según los evangelios, el sumo sacerdote Caifás y otros dirigentes temían que el movimiento provocara una reacción violenta de Roma, y lo entregaron a Pilato.[3] Pilato, conocido por su dureza según Josefo y Filón, ordenó la ejecución.[2][6]
Muchos historiadores lo resumen así: murió ejecutado por Roma como posible amenaza política, con la colaboración de algunos dirigentes de Jerusalén. Los detalles del proceso se discuten, porque cada evangelio lo cuenta algo distinto.[10]
Para los cristianos, su muerte tiene un sentido más profundo: creen que Jesús aceptó la cruz libremente y que con ello mostró un amor capaz de dar la vida por los demás.
Historia y fe: la resurrección
Aquí conviene separar con cuidado lo que estudian los historiadores de lo que creen los cristianos.
Lo que cuentan las fuentes. Los evangelios relatan que Jesús fue sepultado en una tumba; que, al tercer día, algunas mujeres la encontraron vacía; y que sus discípulos dijeron haberlo visto vivo en Jerusalén y en Galilea.[3] El testimonio escrito más antiguo es de Pablo. Hacia el año 55, en una carta a los corintios, recuerda una fórmula que él mismo había recibido, y que los estudiosos sitúan muy cerca de los hechos. En ella enumera a quienes vieron a Jesús resucitado: Pedro, los Doce, más de quinientas personas a la vez, Santiago y, por último, el propio Pablo.[4]
Lo que los historiadores pueden afirmar. La mayoría coincide en tres cosas: Jesús fue crucificado; poco después, sus discípulos, que según los evangelios habían huido y se escondían, estaban convencidos de haberlo visto vivo; y empezaron a proclamarlo, en la misma ciudad donde había muerto, aun a riesgo de perder sus vidas. Ese convencimiento es el origen del cristianismo.[10]
Lo que creen los cristianos. Creen que Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, venció a la muerte y, por extensión, al diablo, mediante el ofrecimiento de su muerte voluntaria. Así devolvió a la humanidad la libertad y la posibilidad de llegar a la vida eterna.[26] La resurrección es el centro de la fe cristiana y lo que se celebra en la Pascua. Pablo escribió que, sin la resurrección, la fe cristiana no tendría sentido.[4] Para los creyentes significa que la muerte no tiene la última palabra y que el amor y la vida son más fuertes que el mal.
Lo que la historia no puede resolver. Qué provocó esa convicción es lo que se discute. Los historiadores no se ponen de acuerdo, porque su método sirve para estudiar lo que las personas vivieron y escribieron, pero no para confirmar o descartar un hecho sobrenatural. Por eso es una cuestión de fe y de reflexión personal.
Otras tradiciones miran de manera distinta: el judaísmo no considera a Jesús el Mesías esperado, y el islam enseña que Jesús no murió en la cruz, sino que Dios lo elevó hacia sí y que, según la tradición islámica, volverá antes del fin del mundo.[9][25]
Gente corriente que cambió el mundo
Tras la muerte de Jesús, el movimiento lo continuó un grupo pequeño en Jerusalén, formado por sus discípulos (tras la traición de Judas, Matías ocupó su lugar entre los Doce).[3] Sorprende por quiénes eran. No eran sacerdotes, escribas ni ricos: eran pescadores, un recaudador de impuestos, artesanos. Mientras viajaban con Jesús vivían con muy pocos recursos y dependían de la hospitalidad y de la ayuda de otros. Los Hechos de los Apóstoles dicen que las autoridades se asombraban de que Pedro y Juan, hombres sin formación académica, hablaran con tanta seguridad.[3]
Pablo de Tarso, una de las personas más importantes en la historia del cristianismo, era en cambio un fariseo muy instruido y ciudadano romano, que primero había perseguido a los cristianos y después se convirtió en su gran misionero. Sus cartas son los escritos cristianos más antiguos que se conservan.[3][4]
Sin ejército, sin dinero y sin apoyo del Estado, el cristianismo pasó en tres siglos de un grupo reducido en Jerusalén a una comunidad de varios millones de personas. Algunos estudiosos estiman que hacia el año 300 podían ser entre el 5 % y el 10 % de la población del Imperio, aunque las cifras se discuten mucho.[11]
Que un movimiento tan pequeño y sin poder llegara tan lejos sorprende a creyentes y a no creyentes, y es una de las historias más estudiadas. Para los cristianos es señal de la acción de Dios. Los historiadores buscan explicaciones sociales, culturales y geográficas. Lo que nadie discute es el resultado: una red de comunidades que en pocas generaciones llegó de Jerusalén a Roma, y después mucho más lejos.
Mártires: testigos hasta el final
La palabra «mártir» viene del griego y significa «testigo». Se aplica a quienes murieron antes que renunciar a su fe. Según los Hechos de los Apóstoles, el primer martir fue Esteban, apedreado en Jerusalén pocos años después de la muerte de Jesús.[3] En el año 64, tras el gran incendio de Roma, el emperador Nerón culpó a los cristianos y ordenó ejecutar a muchos, según cuenta Tácito.[1] La tradición cristiana sitúa en esos años el martirio de Pedro y de Pablo en Roma.
Según la tradición cristiana, la mayoría de los Doce murió como mártir. El Nuevo Testamento solo cuenta la muerte de uno de ellos, Santiago, hermano de Juan, ejecutado hacia el año 44 por orden de Herodes Agripa;[3] de los demás las noticias vienen de tradiciones posteriores, que los historiadores no pueden confirmar. Sí está atestiguada la muerte de Santiago, el hermano de Jesús, apedreado en Jerusalén hacia el 62, según Josefo,[2] y la Primera carta de Clemente de Roma, hacia el 96, recuerda los sufrimientos de Pedro y de Pablo.[21]
Muchos otros cristianos se convirtieron en mártires durante la historia, sobre todo en las persecuciones del imperio Romano de los primero siglos.
Las persecuciones
La expansión no fue sencilla. Los cristianos se negaban a participar en determinados cultos públicos y a rendir culto al emperador, algo que podía interpretarse como una ruptura con las costumbres tradicionales.[5][13] Es seguro que, durante casi dos siglos, los cristianos vivieron bajo una amenaza constante. Desde la respuesta de Trajano a Plinio (hacia el año 112), ser cristiano podía castigarse con la muerte en cualquier lugar del Imperio si alguien lo denunciaba y se negaba a renegar.[5]
La tradición cristiana contó diez grandes persecuciones.[24] Las listas de emperadores varían según el autor: una versión frecuente cita a Nerón, Domiciano, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximino el Tracio, Decio, Valeriano y Diocleciano, y otras incluyen a Aureliano en lugar de Adriano. En cambio los historiadores defienden que las persecuciones fueron locales y de distinta intensidad hasta la primera persecución en todo el Imperio que llegó en el año 250, con el emperador Decio, y que ordenó a todos sacrificar a los dioses y obtener un certificado que lo probara.[14][23] La última y más dura fue la de Diocleciano, desde el 303: se destruyeron iglesias, se quemaron libros sagrados y se exigió sacrificar.[23] Terminó con las medidas de tolerancia de los años 311 y 313.[15]
Cuántos cristianos murieron en estos años es una cuestión muy debatida. Lo seguro es que muchos fueron encarcelados, exiliados y perdieron sus bienes, y que algunos, o muchos, perdieron la vida por defender sus creencias.[13] Hacia el año 197, el escritor cristiano Tertuliano afirmó que cuantos más cristianos eran ejecutados, más aumentaban: «la sangre de los cristianos es semilla».[22]
Roma: de la persecución al poder
La persecución de Diocleciano fue la última. Entonces el mapa político dio un giro extraordinario. En 313, los emperadores Constantino y Licinio acordaron una política de tolerancia que permitió a los cristianos reunirse legalmente y recuperar bienes confiscados. Constantino favoreció además la construcción de iglesias y apoyó a los dirigentes cristianos.[8][15]
El cambio empezó a verse en las ciudades. Aparecieron grandes basílicas y nuevos lugares de culto. La religión que había vivido bajo sospecha comenzaba a ocupar espacios públicos.
Cuando el emperador se convirtió en aliado
Constantino no convirtió el Imperio en un Estado cristiano de un día para otro. Continuaron existiendo otras religiones. Pero su apoyo cambió radicalmente la posición de los cristianos. En 325 convocó el Concilio de Nicea, donde obispos debatieron una importante cuestión sobre la relación entre Dios Padre y Jesucristo. El resultado fue el Credo de Nicea, fundamental para la tradición cristiana.[8][16]
También cambió la geografía del poder. Constantino fundó Constantinopla junto al Bósforo, entre Europa y Asia. La ciudad se convirtió en uno de los grandes centros políticos y religiosos del cristianismo oriental.[8] El mapa empezaba a tener nuevos centros de gravedad.
De religión perseguida a religión imperial
Durante el siglo IV la transformación continuó. En 380, el emperador Teodosio I ordenó, en un edicto dirigido al pueblo de Constantinopla, que sus súbditos siguieran la fe de los obispos de Roma y de Alejandría, es decir, la de Nicea.[17] No significó que toda la población se convirtiera inmediatamente, pero sí que la relación entre religión y poder había cambiado.
Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén se convirtieron en centros fundamentales del cristianismo.[7] Obispos, emperadores y comunidades formaron una nueva red de autoridad. La transformación alcanzó también al arte. Los símbolos cristianos aparecieron en pinturas, mosaicos, sarcófagos y edificios. Muchas formas artísticas y arquitectónicas romanas fueron reutilizadas y adaptadas para expresar nuevas creencias.[18]
El cristianismo cruza las fronteras de Roma
El cristianismo tampoco quedó encerrado dentro del Imperio. Armenia adoptó el cristianismo como religión oficial a comienzos del siglo IV, y el reino de Aksum, en la actual Etiopía, lo adoptó a lo largo del siglo IV, desde el reinado de Ezana.[19][20]
Con los siglos, el mapa cristiano creció. En Europa occidental, reinos y pueblos fueron adoptando el cristianismo mediante procesos diferentes y a veces muy largos. Monasterios y obispados ayudaron a organizar territorios, conservar textos y difundir conocimientos.
Mucho después, las rutas marítimas europeas llevaron distintas ramas del cristianismo a América, África, Asia y Oceanía. Ese proceso estuvo relacionado con exploraciones, imperios, comercio y colonización. En algunos lugares hubo conversiones graduales; en otros, conflictos, imposiciones y mezclas con tradiciones locales.
Un mapa que todavía se reconoce hoy
El resultado se puede ver en el mapa actual. El cristianismo dio origen a una enorme diversidad de comunidades: católicos, ortodoxos, protestantes y muchas otras iglesias y movimientos. Sus centros históricos ayudaron a formar ciudades, paisajes, calendarios, obras de arte y sistemas educativos.
También dejó una huella política. Durante siglos, gobernantes europeos buscaron legitimidad en su relación con la religión cristiana, mientras papas, patriarcas, obispos y monarcas discutían sobre la autoridad. Las diferencias religiosas contribuyeron a crear alianzas, conflictos y nuevas divisiones territoriales.
Pero hay una idea todavía más sorprendente: todo esto comenzó con una comunidad muy pequeña de judíos con poca formación, poco poder y poco dinero.
Cambió los mapas
Jesús no dibujó fronteras ni dirigió un ejército para conquistar territorios. Su movimiento comenzó en una región pequeña de Judea, dentro de un imperio gigantesco. Sin embargo, las decisiones de sus primeros seguidores, para los historiadores, o la ayuda divina, para los creyentes, hicieron posible que aquella tradición viajara mucho más allá de su lugar de origen.
Con el tiempo, el cristianismo ayudó a transformar la geografía cultural y política de Europa, del Mediterráneo y, posteriormente, de muchas otras partes del mundo. Cambiaron los centros de poder, las rutas de peregrinación, los edificios de las ciudades y las relaciones entre gobernantes y comunidades.
Por eso encaja en la categoría Cambió los mapas: no porque Jesús conquistara territorios, sino porque una historia iniciada en Judea terminó creando una de las redes culturales y religiosas más extensas de la historia. El mapa político cambió muchas veces. El mapa cultural también. Y ambos quedaron marcados por una pequeña historia nacida en la orilla oriental del Mediterráneo.
Fuentes
- Tácito, Anales 15.44 (hacia el 116).
- Flavio Josefo, Antigüedades judías 18.63-64 y 20.200 (hacia el 93-94).
- Nuevo Testamento: evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y Hechos de los Apóstoles.
- Pablo de Tarso, Primera carta a los Corintios, cap. 15, especialmente 15:3-8 y 15:14-19 (mediados de los años 50).
- Plinio el Joven, Cartas 10.96-97, correspondencia con el emperador Trajano (hacia el 112).
- Filón de Alejandría, Embajada a Gayo 299-305.
- Concilio de Nicea (325), cánones 6 y 7; Concilio de Calcedonia (451), canon 28.
- Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino, libros 3 y 4.
- El Corán, suras 3:49, 5:110 y 4:157-158.
- E. P. Sanders, The Historical Figure of Jesus. Londres: Penguin, 1993.
- Rodney Stark, The Rise of Christianity: A Sociologist Reconsiders History. Princeton: Princeton University Press, 1996.
- Martin Hengel, Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross. Filadelfia: Fortress Press, 1977.
- W. H. C. Frend, Martyrdom and Persecution in the Early Church: A Study of a Conflict from the Maccabees to Donatus. Oxford: Blackwell, 1965.
- J. B. Rives, «The Decree of Decius and the Religion of Empire», The Journal of Roman Studies 89 (1999), pp. 135-154.
- Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores 34 y 48; Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 8.17 y 10.5.
- Eusebio de Cesarea, carta a su diócesis sobre el Concilio de Nicea, y Vida de Constantino, libro 3.
- Codex Theodosianus 16.1.2, edicto Cunctos populos del año 380.
- Thomas F. Mathews, The Clash of Gods: A Reinterpretation of Early Christian Art. Princeton: Princeton University Press, 1993.
- Agatángelo, Historia de los armenios.
- Rufino de Aquilea, Historia eclesiástica 10.9-10.
- Clemente de Roma, Primera carta a los Corintios 5-6 (hacia finales del siglo I).
- Tertuliano, Apologético 50.
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 6.39-41 y 7.10-12; Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores.
- Agustín de Hipona, La ciudad de Dios 18.52.
- Hadices sobre el regreso de Jesús (Isa): Sahih al-Bujari 2476 y 3448; Sahih Muslim 155.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 638-658.