Maresha y Bet Guvrin

La ciudad bajo tierra

A primera vista, el paisaje parece completamente normal. Colinas suaves, vegetación mediterránea, caminos y algunos restos de antiguas construcciones. Pero basta con encontrar una entrada en el suelo para descubrir algo increíble: debajo de esas colinas existe otra ciudad.

No es una ciudad moderna escondida bajo tierra, con calles iluminadas y edificios de cristal. Es una enorme red de cámaras, túneles, canteras, cisternas, almacenes, talleres, tumbas y espacios de culto excavados durante más de 2.000 años.[1] UNESCO calcula que el conjunto conserva unas 3.500 cámaras subterráneas distribuidas en diferentes complejos.[1]

Bienvenidos a Maresha–Bet Guvrin, la auténtica Ciudad imposible de la Baja Judea.

Una ciudad que tiene otra debajo

Maresha y Bet Guvrin fueron dos ciudades antiguas situadas en la Baja Judea, en una región de colinas entre las rutas que conectaban Egipto y Mesopotamia.

Maresha es la más antigua. Su historia se remonta al menos al siglo VIII a. C. Con el paso del tiempo, la zona fue ocupada y transformada por diferentes pueblos y culturas. Bet Guvrin se desarrolló posteriormente y llegó a convertirse en una importante ciudad durante los periodos romano y bizantino.[1]

Pero la verdadera sorpresa no estaba sobre las colinas. Estaba debajo. El subsuelo de esta región está formado por una capa gruesa y relativamente homogénea de caliza blanda, de aspecto parecido a la tiza. Era suficientemente fácil de excavar con herramientas antiguas, pero también bastante resistente para que las cámaras pudieran conservarse durante siglos.[2] Aquella combinación convirtió la roca en un material de construcción extraordinario.

Primero excavaban para sacar piedra

La historia comenzó de una manera bastante sencilla: algunas personas necesitaban piedra para construir. Excavaban en la roca blanda, extraían bloques y dejaban grandes espacios vacíos. Pero los habitantes descubrieron rápidamente que aquellos huecos podían tener una segunda vida. Una cantera abandonada podía convertirse en una cisterna. Una cámara podía servir como almacén. Un conjunto de habitaciones podía transformarse en taller. Y un espacio profundo, protegido de la luz y de los cambios de temperatura, podía tener muchas otras funciones.

Así, las excavaciones fueron creciendo hasta formar auténticos complejos subterráneos. Algunos tenían unas pocas cámaras; otros podían reunir decenas de espacios conectados entre sí.[3] La roca que había servido para construir la ciudad de arriba terminaba creando otra ciudad debajo.

Una casa con sótano… y mucho más

Imagina vivir en una vivienda de Maresha hace más de 2.000 años. Sales de tu casa y ves una calle. Pero debajo de tus pies tienes una escalera que conduce a otro mundo. Bajas. La luz desaparece poco a poco. El aire se vuelve más fresco y aparecen paredes de roca. Una habitación lleva a otra. Hay recipientes, herramientas, depósitos y pequeños pasadizos.

No sería exactamente como entrar en una ciudad subterránea moderna. La mayoría de los habitantes vivían sobre el suelo y utilizaban las cámaras inferiores para actividades concretas.[3] Pero la cantidad y variedad de espacios hace que el conjunto pueda describirse como una “ciudad bajo una ciudad”.[1]

Y esa expresión no es solo una metáfora bonita. UNESCO utiliza precisamente esa idea para explicar la relación entre las antiguas ciudades y sus redes subterráneas.[1]

Agua escondida bajo las colinas

Uno de los mayores problemas de cualquier ciudad antigua era conseguir agua. En esta región, las personas aprendieron a aprovechar el subsuelo. Algunas antiguas canteras fueron transformadas en cisternas. Se excavaban depósitos y canales para recoger y almacenar agua de lluvia. En algunos complejos había sistemas de drenaje y depósitos de sedimentación que ayudaban a conservarla.[3] Esto convertía las cuevas en auténticas infraestructuras hidráulicas.

Fábricas de aceite bajo tierra

La agricultura también encontró un lugar en las profundidades. Maresha fue un importante centro de producción de aceite de oliva durante el periodo helenístico. Los arqueólogos han identificado numerosas instalaciones de prensado dentro de las cuevas.[3]

Imagina el proceso: las aceitunas llegaban desde los campos, se trituraban y después se prensaban para extraer el aceite. Algunas instalaciones todavía conservan las grandes piedras y elementos utilizados para producirlo.

El aceite podía utilizarse para cocinar, iluminar y comerciar. De hecho, la producción de Maresha estaba conectada con rutas comerciales que llegaban hasta Egipto.[3]

Así, una cueva podía funcionar como una pequeña fábrica.

Y también había palomares

Hay otra actividad que resulta bastante más inesperada: la cría de palomas. Los habitantes excavaron cientos de pequeños nichos en las paredes de algunas cámaras. Cada hueco podía servir como espacio para una paloma.[3] Estos lugares reciben el nombre de columbarios o palomares.

¿Por qué construirlos bajo tierra? Las cámaras ofrecían protección frente a depredadores y permitían mantener grandes cantidades de aves en un espacio controlado. Las palomas podían proporcionar carne, huevos y otros productos útiles, además de contribuir con sus excrementos a las actividades agrícolas.[3]

Tumbas pintadas

No todo lo que estaba bajo tierra servía para trabajar. También había lugares destinados a los muertos. Alrededor de Maresha se excavaron varias necrópolis con cámaras funerarias. Algunas pertenecen principalmente a los siglos IV y III a. C., y muestran la influencia de las culturas helenísticas, especialmente de Alejandría.[3]

Algunas tumbas estaban decoradas con pinturas e inscripciones. Una de las más conocidas es la llamada Tumba de los Sidonios, relacionada con una comunidad de origen extranjero que vivió en Maresha. Sus paredes conservan pinturas de animales y otros motivos que revelan hasta qué punto la ciudad era culturalmente diversa.[3]

Una ciudad de muchas culturas

Maresha–Bet Guvrin es especial también porque sus cuevas cuentan la historia de diferentes pueblos. La región estuvo relacionada con comunidades judías, idumeas, helenísticas, romanas, bizantinas y otras poblaciones que dejaron sus propias huellas.[1]

Más tarde, Bet Guvrin se convirtió en una importante ciudad romana conocida como Eleutheropolis. Allí hubo edificios públicos, baños, sistemas de agua y otras grandes construcciones.[3] Mientras tanto, las cuevas continuaron utilizándose y adaptándose.

Túneles para esconderse

En tiempos de peligro, las cuevas adquirían una función todavía más importante. Algunos complejos fueron conectados mediante pasadizos y túneles estrechos. Durante la rebelión de Bar Kokhba contra Roma, en el siglo II d. C., algunos de estos sistemas subterráneos fueron utilizados como escondites.[2] Desde arriba, un ejército podía recorrer una colina sin sospechar que debajo había personas desplazándose por túneles.

Una arqueología en profundidad

La conservación del lugar permite estudiar cómo las personas aprovecharon el subsuelo durante un periodo de unos 2.000 años, desde la Edad del Hierro hasta la época de las Cruzadas.[1] UNESCO reconoce el conjunto como Patrimonio Mundial desde 2014. La propiedad incluye unas 259 hectáreas y conserva una extraordinaria concentración de estructuras subterráneas.[1]

Pero quizá lo más interesante sea que los arqueólogos no encuentran una única ciudad congelada en el tiempo. Encuentran capas de historias. Una cantera puede revelar una etapa. Una prensa de aceite, otra. Una tumba, otra diferente. Una cisterna explica cómo se gestionaba el agua. Un túnel muestra cómo la gente reaccionaba ante el peligro. Juntas, todas esas piezas permiten reconstruir la vida de personas que vivieron hace muchos siglos.

Ciudad imposible

Maresha–Bet Guvrin encaja en Ciudad imposible porque obliga a imaginar una ciudad que funciona en dos niveles. Arriba están las colinas, las calles y las viviendas. Abajo hay una segunda realidad: miles de espacios excavados en la roca, conectados por escaleras, pasadizos y túneles. Hay fábricas de aceite, depósitos de agua, palomares, establos, almacenes, baños, lugares de culto, tumbas y escondites.[1]

No fue construida toda de una vez. Creció durante generaciones, adaptándose a las necesidades de sus habitantes. Y quizá esa sea la imagen más poderosa para cerrar el viaje. Una colina aparentemente vacía. Una pequeña entrada. Una escalera que desaparece en la oscuridad. Y debajo, una ciudad entera esperando ser descubierta.

Fuentes:

1. UNESCO, cámaras subterráneas, evolución histórica y valor universal de Maresha–Bet Guvrin — https://whc.unesco.org/en/list/1370
2. Israel Nature and Parks Authority, canteras, cuevas, sistemas de agua y refugios — https://en.parks.org.il/article/world-heritage-sites/
3. UNESCO/ICOMOS, usos de las cuevas, producción de aceite, palomares, cisternas, necrópolis y evolución de Maresha y Bet Guvrin — https://whc.unesco.org/document/152502
4. Decisión de UNESCO de inscripción de Maresha–Bet Guvrin como Patrimonio Mundial en 2014 — https://whc.unesco.org/en/decisions/6120

Maresha y Bet Guvrin: paises

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